AL MAESTRO CON CARIÑO

Los profesores, todos, tienen  el derecho a ser respetados. Porque sin ellos, quién sacaría de la obscuridad a nuestros hijos.

Salen ya maestros de la Normal  para  enseñar a los niños  la cultura, educarse.

Pero cuando menos que el gobierno le garantice un lugar, un empleo, para hacerlo y que los aleje de mítines y gritos de calle en calle, en lugar de transmitir cultura en las aulas.

Este mes patrio el recién estimulado por el Club Primera Plana, José Antonio Aspiros Villagómez, desempolva la historia y nos ilustra, con datos para recordar a don Miguel Hidalgo.

Como maestro en activo.

Que si el Padre de la Independencia Miguel Hidalgo y Costilla fue excomulgado o no, o que si la imagen como se le conoce es la verdadera o no, fueron temas de interés hace dos décadas en vísperas del Bicentenario de la Independencia, sin que se haya visto alterada la devoción cívica popular de cada 15 de septiembre.

Si bien desde la época de Porfirio Díaz celebramos en México el Grito de Independencia en la noche del 15 de septiembre, fue en la madrugada del 16, en 1810, cuando el sacerdote que nació en un rancho de Guanajuato hoy convertido en fábrica de tequila, arengó a sus feligreses afuera del curato de Nuestra Señora de los Dolores en la misma entidad.

Por otra parte, en 2007 el entonces gobernador de Coahuila, Humberto Moreira Valdés, anunció que emprendería una cruzada para que la Secretaría de Educación Pública corrigiera la efigie conocida del Padre Hidalgo, pues según su información había sido hecha durante el imperio de Maximiliano con el rostro de un sacerdote belga.

Moreira argumentó que “el verdadero Hidalgo” no era ese “señor calvito con cabellos blancos” tan familiar a los mexicanos y presente en la imagen institucional del gobierno actual y en los nuevos billetes de 200 pesos, sino que su aspecto era de una complexión distinta -“más cuadradito”- , de menor estatura y sin la cara alargada. Empero, no hubo cambios.

En cuanto a la excomunión del sacerdote guanajuatense por haberse levantado en armas, fue el obispo de Michoacán Manuel Abad y Queipo quien la dictó por herejía y por rebelarse contra el gobierno de Nueva España. No obstante, la jerarquía eclesiástica ha sostenido que la acción careció de validez, pues el obispo aún no tomaba posesión.

Fue el 23 o 24 de septiembre de 1810 cuando Abad y Queipo excomulgó al Padre de la Patria, pero en septiembre de 2002 el Consejo Permanente de la Conferencia del Episcopado Mexicano consideró bizantina la polémica de la excomunión porque “nunca tuvo efecto”.

Esa fue la repuesta de los obispos Luis Amezcua Mendoza, Mario Espinoza y Felipe Aguirre al reclamo de que interviniera el entonces papa Juan Pablo II para anular el decreto de excomunión, en el cual Abad y Queipo había condenado al Padre Hidalgo a ser maldecido y “atormentado eternamente por indecibles sufrimientos”.

En octubre de 2007 el entonces cardenal Norberto Rivera Carrera nombró una comisión histórica para investigar los antecedentes tanto del caso de Hidalgo, como los de José María Morelos y Pavón y otros sacerdotes próceres de la Independencia de México.

Fue su respuesta al hecho de que la Comisión Especial de Apoyo a los Festejos del Bicentenario de la Independencia y del Centenario de la Revolución, presentara un punto de acuerdo ante la Cámara de Diputados para gestionar el levantamiento de la excomunión.

Existen documentos de validez histórica según los cuales, Hidalgo se arrepintió y se confesó antes de morir fusilado a los 58 años de edad. (Pero no firmó como Hidalgo su retractación, sino como López y así no tendría validez, si en lugar de Historia esto se tratara de la novela Los pasos de López, de Jorge Ibargüengoitia).

Por otra parte, el cadáver decapitado del héroe de la Independencia recibió cristiana sepultura a cargo de los franciscanos, y luego fue trasladado de unos templos a otros, incluida la catedral metropolitana, donde se le colocó en la capilla real y luego en la de san José, de donde en 1925 fue llevado a la Columna de la Independencia. Se supone que son suyos los restos que ahí reposan y fueron expuestos en 2010 en el Palacio Nacional junto con los de otros próceres insurgentes.

Además, a finales de agosto de 2009 la Arquidiócesis de México solicitó hacer “una corrección” en los libros de texto gratuitos que se repartían en las escuelas del país, para precisar que ni Hidalgo ni Morelos murieron excomulgados. Por cierto, el vocero arquidiocesano en ese tiempo, Hugo Valdemar, quien informó de lo anterior, comentó también que la Iglesia no había sido invitada a los festejos oficiales por el Bicentenario de la Independencia, ni estaba interesada en que se le invitara, pues ya había “preparado alguna manera de celebrarlo”.

El escritor Francisco Martín Moreno, quien revuelve sus fantasías con datos históricos, dice en su novela México ante Dios que “El Padre de la Patria, le pese a quien le pese, fue (el inquisidor) Matías Monteagudo y en ningún caso el cura Hidalgo, por más que éste haya iniciado el movimiento de independencia con el estandarte de la Virgen de Guadalupe en mano”.

Por supuesto nadie le hizo caso y tanto Hidalgo como Morelos y los demás iniciadores de la guerra de Independencia han tenido la gratitud nacional que merecen, si bien dentro de dos años cuando celebremos el bicentenario de la consumación en 1821, habrá un nuevo debate en torno a las figuras de Vicente Guerrero y Agustín de Iturbide.

Nosotros insistimos, al maestro con cariño. Hoy y siempre.

Carlos Ravelo Galindo

craveloygalindo@gmail.com