EL CAMBIO MAS IMPORTANTE: “LIMPIAR” A LA PROPIA CLASE POLITICA

En estos tiempos de turbulencia social, lo más sencillo que pueden hacer los gobiernos es complacer las ansias de cambio de la población y establecer medidas que en lo inmediato rompan con el pasado. Ese quiebre podría ser el principio de un proyecto de mejora de la seguridad. Sin embargo, como ha demostrado la experiencia en este siglo, no todo cambio radical es en automático significativo.

Desaparecer instituciones, hacer renunciar a funcionarios, derogar leyes, son el tipo de acciones que satisfacen los deseos de contundencia de la población, harta —y con razón— de la violencia desbordante en el país y que derivó en las manifestaciones vividas con motivo de lo ocurrido en Iguala.

Las apariencias engañan.

Edgardo Buscaglia, profesor de la Universidad de Columbia, uno de los investigadores más reconocidos en el tema del crimen organizado en México, pone un ejemplo: la forma en que el gobierno de Vicente Fox manejó la alternancia en el poder en el 2000 —dice el experto— provocó el fortalecimiento de las bandas criminales. Desmantelar los controles autoritarios, sin al mismo tiempo sustituirlos por controles democráticos, llevó eventualmente a la situación que vivieron el ex presidente Felipe Calderón y el actual mandatario Enrique Peña Nieto.

Si algo nos han enseñado estos años de violencia extrema es que el problema de la seguridad en México no se divide en “buenos” y “malos”. Tenemos grandes tropiezos para constatarlo, empezando por el descubrimiento de que muchos que creíamos delincuentes eran en realidad inocentes inculpados por los verdaderos villanos de la historia: policías corruptos.

La lección, por desgracia, no ha sido aprendida del todo: siguen gobiernos de todos los niveles reinventando los territorios que administran, como si el predecesor no hubiera podido tener un solo acierto en su gestión.

Qué mejor prueba de esa inercia que el constante cambio de corporaciones de seguridad.

La Policía Federal Preventiva desapareció para dar lugar después a una Agencia Federal de investigación, la cual luego fue eliminada para crear una sola gran Secretaría de Seguridad Pública, entidad hoy disuelta dentro de una Comisión Nacional de Seguridad y absorbida luego por la Secretaría de Gobernación, a la que ahora se suma una Gendarmería. Cinco cuerpos de seguridad federales creados en apenas tres sexenios.

Quizá algunos de esos cambios eran necesarios. El problema es que la falta de análisis de las experiencias pasadas ha llevado al fracaso de nuevas ideas, aun cuando son buenas.

Y lo peor, dice Buscaglia, es que ninguno de esos cambios ha logrado lo importante: “limpiar” a la propia clase política.

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