SON MILITARES, NO POLICÍAS
SON MILITARES,
NO POLICÍAS
Son militares, no policías. Ni cuidan presos. Tampoco responsables de las fugas. El uniforme verde oliva es señal de respeto. Quien se cubre con él, digno de admiración, obedece. Cumple. Nunca actúa fuera de la disciplina militar. Así de simple. Nuestros soldados, fieles.
Hace poco, apenas unos días, el divisionario secretario de la Defensa advirtió que la “debilidad institucional amenaza la seguridad nacional”. Y señaló la corrupción como una de ellas, acaso la principal. Es un riesgo y puede convertirse en una amenaza si no se le pone la atención debida. Contenerla. Pero nadie prestó atención. Sobre todo que, como se dice y se dice bien, “el inquilino principal de Los Pinos no lee y la advertencia del general Cienfuegos, cayó en el vacío”. (16 de julio, Serpientes y escaleras)
La escapatoria de Joaquín “El Chapo” Guzmán, es un ejemplo. Piden remediarlo. Allá arriba, con gritos y sombrerazos, de los que se ríe el pueblo.
Solo un milagro hará que el hombre número veinte de riqueza en el mundo, según Forbes, sea regresado a la mazmorra, porque ni la Interpol, los 190 países a los que sirve, ni las porras de las autoridades vecinas, que hace 17 días ya lo habían pedido, ni mucho menos los sesenta millones que se ofrece por denunciarlo, lo lograrán.
Carlos Ravelo Galindo
LOS PROFESIONALES
Si eres mi mamá o una amiga de mamá o un neófito en materia futbolística, estás en lo correcto: la Copa Oro, esa cosa que pasan por la televisión de la que todos están hablando en redes sociales, es un evento igual a la lucha libre, donde tanto directivos como participantes y espectadores saben desde antes de que dé inicio quién será el ganador.
Incluso en el jardín de niños, cuando va a realizarse un torneo de cualquier cosa que ustedes imaginen, por decoro o decencia hacia los infantes, lo primero que se hace es un sorteo para ver quién se enfrenta a quién. Nimiedades como esta no existen en la Copa Oro. Tras bambalinas, una mano santa dictamina que Estados Unidos y México sólo pueden enfrentarse hasta el partido final. Entrelineas (o mejor dicho, en la cara) le dicen al resto de los participantes: “gracias por venir amigos centroamericanos y del caribe, actúen con naturalidad, como ustedes saben hacerlo, o sea, mal; hagan lucir a nuestras dos bellas estrellas, necesitamos un desenlace apoteósico, hollywoodense, con la taquilla vendida”.
Entonces, en pantalla, los hombres corbata, en vez de producir la película de acción del verano, terminan realizando un dramón. Los extras de la película, indignados por obvias razones, se rebelan, le cortan la cabeza a uno de los protagonistas y al otro le dan una estocada de muerte. Sin embargo, habiendo tantos millones de dólares en juego, los hombres corbata le dicen al director de escena que haga su maldito trabajo, que para llevarse sorpresas mejor van al cine.
México llega a la final gracias a uno de los atracos más descarados en la historia del fútbol. La prensa le pregunta al capitán si por su cabeza pasó la idea de patear afuera el penal que le regalaron, éste se sincera y declara que sí, pero que al final él es un profesional, además, si uno hace memoria, también le ha tocado estar del otro lado y ningún jugador contrario se tocó el corazón, a fin de cuentas esto es fútbol, a veces te da y a veces te quita, si era o no penal eso no era cosa suya.
Si el mundo se tratara de no pensar, de acatar órdenes a ciegas, de evadir el contexto que nos rodea, debiéramos levantarle una estatua al señor capitán de México. Sin embargo, en el mundo real, toda actividad en la que nos desempeñamos debe y tiene que ser de nuestra incumbencia. De lo contrario, pasa lo que pasa: el soldado aprieta el botón que dispara un misil sobre la casa del terrorista que vive en una colonia llena de familias; el contador público cuadra las cuentas millonarias del funcionario público; el obrero de la empresa abre la llave de desechos tóxicos sobre los ríos; el periodista omite cifras y datos de sus reportajes que puedan incomodar al Gobernador; narradores de televisoras patalean y exigen por dignidad que el capitán de México eche la pelota afuera, pero al ver el balón mecerse al interior de las redes, gritan en automático el gol con sus redondas “o” repetidas hasta el infinito.
No en balde Camus afirmó que todo cuanto sabía con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debía al fútbol.
Rodrigo Solís: Autor de la novela Mala Racha.
Articulista y periodista en medios nacionales e internacionales. Director de Pildorita Estudio.
Contacto: [email protected] Twitter: @rodrosolis_