EL CHAPO Y MOREIRA, ¿MISIÓN CUMPLIDA?
EL CHAPO Y MOREIRA, ¿MISIÓN CUMPLIDA?
Apenas la suerte o, por decirlo mejor, una inocente infracción de tránsito puso al ya célebre Joaquín El Chapo Guzmán en manos de la policía mientras burlaba de nuevo al perseguidor, el señor Peña y su coro de la alta burocracia festejaron al estilo de ruidoso carnaval, con timbales y flautas, aquella hazaña atribuible al azar cuando, en realidad, su cacareada misión cumplida sólo vino a corregir la increíble y aún impune fuga del capo hace seis meses de su celda del Altiplano, una cárcel por fortuna de alta seguridad.
Hubo tanta euforia oficial y de la prensa servil a la consigna, por la fortuita captura del jefe de El cartel de Sinaloa, que daba la impresión a propios y extraños que los cerebros brillantes y tortuosos del nuevo PRI de vuelta al poder, habían resuelto de plumazo los graves problemas nacionales de la corrupción en el gobierno, de la impunidad, de la violencia, de la inseguridad, del azote del crimen organizado y también del político; de la pobreza y de la voraz actitud de la clase política de todos los partidos por enriquecerse con los dineros públicos, con la venia y complicidad de los tres poderes. Mas todo seguía igual, para desilusión de la fogosa porra oficial que festejaba hasta derramarse en lágrimas de contento y fungía como siempre de organizador de caravanas, tipo jolgorio, ante cualquier acto de los protagonistas.
En medio de la fiesta del gobierno por la recaptura de El Chapo Guzmán, a quien representantes de la autoridad le habían abierto las puertas de la cárcel el 11 de julio de 2015 para que se escurriera hacia la libertad por un gigantesco túnel de alta corrupción que nadie pudo descubrir, ni la sagaz inteligencia, en medio del festín de triunfalismo otra cara de la moneda del destino saltó a escena y congeló los festejos e invitó a todos a la cordura y la sensatez y, para qué ocultarlo, a revisar amistades y pasados tormentosos recientes, por si algunos amarraron tratos íntimos con su persona: hablamos de la caída en desgracia del ex líder del nuevo PRI y ex gobernador de Coahuila, el maestro de escuela y ex bailarín Humberto Moreira, uno de los consentidos del régimen hasta hace poco tiempo en que la vida, bastante generosa con su puerca trayectoria, le sonreía y mimaba cual cachorro de la revolución neoliberal. Allí todo el gozo del oficialismo que soñaba con subir al señor Peña a las nubes de la popularidad por la odisea homérica de volver a encerrar al prófugo que ayudaron a escapar por segunda vez con meticulosa y corrupta estrategia, se vino por los suelos. Fue entonces cuando por el asombro y la confusión, los mariachis del tricolor callaron con aquel ensordecedor mensaje que llegó de la policía de España y sacudió las estructuras del gobierno encubridor: “Misión Cumplida – ironizó el texto utilizando la desafortunada frase del señor de Atlacomulco --: Detuvimos a Moreira”. Sí daban crédito a la noticia, sentados y boquiabiertos: el mismo ex gobernador de Coahuila y presidente del PRI en tiempos de la campaña del señor Peña, acusado allá de lavado de dinero, malversación de fondos públicos y otras lindezas (por las cuales otros politiquillos en funciones y en la banca, incluyendo priístas, panistas, perredistas y demás fauna, deberían correr igual suerte), estaba preso por delitos que el gobierno de México lo exoneró. Qué más esperaban de un sexenio con el sello de la corrupción ganado a pulso, dirían los clásicos. (Aunque el viernes 22 de este enero de 2016 Moreira dejó la prisión con las reservas de ley, la justicia española le retiró el pasaporte para evitar que huya y le arraigó en su domicilio mientras termina su proceso que podría complicársele si de los tribunales de Texas envían las evidencias de su fechorías financieras en Coahuila).