LA FAMILIA...

No existe familia perfecta. No tenemos padres perfectos, no somos perfectos, no nos casamos con una persona perfecta ni tenemos hijos perfectos. Tenemos quejas de unos a otros. Nos decepcionamos los unos a los otros. Por lo tanto, no existe matrimonio saludable ni familia saludable sin el ejercicio del perdón...

Las anteriores palabras fueron pronunciadas por el Papa Francisco el 15 de agosto de 2015, en el día de la Asunción a las familias. Con ellas el Santo Padre hizo un llamado a descubrir la fragilidad de los vínculos en las familias, pero a la vez sus riquezas, su bondad y su sentido de fe. Porque ciertamente, además de las deficiencias y errores en las familias, hay en ellas admirables gestos de heroísmo cotidiano y de amor (cfr. EG 212).

El Papa Francisco nos ha invitado a reconocer que la misericordia no sólo está vinculada con la debilidad, la impotencia o el pecado, sino, y sobre todo, con el amor y la mirada que descubre nuestras capacidades y que estimula caminos de crecimiento. Igual como lo hizo Jesús cuando acogió a padres preocupados por sus hijos enfermos (en el pasaje del muchacho epiléptico, la mujer cananea, la hija de Jairo, el funcionario real...), o cuando consoló a padres que lloraban a sus hijos muertos (la viuda de Naím)...

El Santo Padre nos invita a imitar a Jesús que acoge y bendice; toca, cuida y cura. Por tanto, los cristianos, en cuanto discípulos, hemos de ejercer cuatro dimensiones irrenunciables de la misericordia (emanadas del ejemplo de Jesús) para vivificar el núcleo familiar y la sociedad:

1. Proximidad y encuentro

La misericordia supone, como Jesús en Emaús, un detenerse y acercarse al necesitado (cfr. EG 169). Igual como Jesús, hemos de hacernos los encontradizos; saber estar en los cruces de caminos donde muchas personas y familias buscan encuentros que los sanen.

2. Escucha y diálogo

Muchas personas están más preocupadas por hablar que por escuchar. De allí que la misericordia suponga aprender el arte del diálogo y la conversación. Hablamos del arte de la escucha, que implica aprender a no tener siempre la razón, aprender a corregir, aprender a modificar la propia manera de sentir y pensar tras el intercambio. El diálogo transforma las personas. Su sano ejercicio nos enriquece, nos hace más plenos y nos hace cambiar nuestra mirada hacia la realidad.

3. Abajamiento

La misericordia supone abajarse (igual que Jesús ante los necesitados), caminar en la vida cotidiana de las personas y familias. El Papa Francisco nos ha dicho que la misericordia implica asumir la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el otro. Eso significa un pleno contacto con el prójimo, con los hogares; implica no convertirse en gente separada o gente elitista que se mira a sí misma (EG 28), ya que la misericordia se traduce en convivencia familiar.

4. Positivo y propositivo

La misericordia se identifica con el uso de un lenguaje positivo, dice el Papa. Porque una visión positiva de la realidad siempre da esperanza, orienta hacia el futuro y evita la negatividad (EG 159). Por eso no hay que cargar aún más a las familias con mensajes negativos y apocalípticos. El lenguaje de todo cristiano sobre la familia tiene que ser positivo y propositivo, misericordioso y humanizador.

¿Dónde encarnar los cuatro elementos clave de la misericordia?

Los cuatro anteriores elementos clave de la misericordia hay que encarnarlos en ocho situaciones particulares de la familia actual. ¿Por qué? Porque en nuestros días lo difícil es encontrar una familia al margen de estas situaciones, ya que no existen las familias perfectas como bien recordaba el Papa Francisco en las palabras iniciales de este artículo.

1) Familias rotas por la enfermedad y la discapacidad: un lugar clave para poner en ejercicio los cuatro elementos de la misericordia según la vida de Jesucristo, es en las familias integradas por personas enfermas. No es fácil entender lo que supone en un hogar un hijo o un padre enfermos, mucho menos cuando su enfermedad dura años o es permanente. Toda enfermedad desestructura la familia, y si se prolonga en el tiempo y pesa demasiado, invade todos los ámbitos del núcleo familiar: el trabajo, el sueño, la pareja, los amigos. Por eso, la misericordia debe abundar allí donde hay convalecencia o discapacidad.

b) Familias haciéndose: parejas de hecho: en nuestro país existen muchas parejas de hecho (formaron una familia pero viven sin el sacramento del Matrimonio). Esto está profundamente relacionado con el retraso de la edad del Matrimonio y la crisis del compromiso y del amor. A este tipo de parejas hemos de mostrarles plena misericordia. ¿Cómo hacerlo? Descubriendo en ellas los valores de igualdad, amor y respeto.

c) Familias rotas por la pobreza y la emigración: los ritmos de trabajo extenuantes, los horarios sin límite, la precariedad, la inestabilidad laboral y los desplazamientos largos para trabajar están afectando al corazón de las familias, a sus relaciones y tiempos compartidos. Por eso hemos de mostrar profunda misericordia a las familias que emigran, porque padecen un desenraízamiento de su tierra de origen y la separación del resto de la familia. La misericordia debe hacerse presente allí donde hay inestabilidad familiar y abandono de los hijos.

d) Familias adoptivas: no hay situación más dura que crecer en la infancia y en la adolescencia sin la mirada amable de unos padres. Por eso los niños adoptados y acogidos, encontrando el calor afectivo de una familia, pueden experimentar la cariñosa y solícita paternidad de Dios, atestiguada por los padres cristianos, y así crecer con serenidad y confianza en la vida (FC 41).

e) Las familias sin hijos: el 14% de los matrimonios del mundo tiene problemas de esterilidad. Muchas parejas desean construir un hogar con hijos y no pueden. Las Técnicas de Reproducción Médicamente Asistida han permitido tener un hijo a muchas de ellas, pero también otras muchas parejas no pueden permitírselo o no lo logran a pesar de varios años de intento a través de estas técnicas. Para muchas mujeres y algunos varones, el no tener hijos pesa demasiado en la vida. Ese dolor lo siguen experimentando muchas parejas de nuestra sociedad; y su dolor puede disminuirse si se les acompaña y se les hace saber que Dios, en medio de su precariedad, ofrece su amor infinito.

f) Familias monoparentales: muchos hogares están formados por madre e hijos y algunos están formados por padre e hijos. Estas familias son consecuencia de la muerte de uno de los padres, de la separación o del divorcio, de la adopción u otras causas. En México, en el último censo realizado por el INEGI, se descubre que el 18.5 % de las familias pertenecen a este modelo de familia (las mujeres encabezan el 84% de los hogares monoparentales). Por eso, hay que admirar en estas familias el amor y la valentía con que acogen y proveen el crecimiento y la educación de sus hijos. Estas familias merecen de parte de la sociedad civil un apoyo especial, y de parte de los creyentes la total comprensión para que afronten sus problemas con menos sacrificios.

g) Familias desechas: es necesario mostrar misericordia con aquellas familias conformadas por individuos abandonados, engañados, maltratados, separados o divorciados. Porque todo matrimonio y toda familia es una realidad frágil y vulnerable que está abierta al fracaso. Por eso es fundamental acompañar este camino difícil que va desde la desolación y la ruptura a un duelo más o menos largo en el que poco a poco se van abriendo nuevos modos de relación, de amistad y nuevos sentidos de vida.

h) Familias rehechas (divorciados vueltos a casar): son muchos los creyentes que, después de separarse de su primera pareja, en la nueva relación también viven los valores cristianos del amor, la lealtad y la responsabilidad con la pareja y los hijos. Hablamos de personas que vuelven a encontrar la felicidad que creyeron por muchos años les estaba negada. Ante estas realidades vitales los cristianos debemos mostrar una grande misericordia: 1) principalmente con aquellos que están subjetivamente seguros en conciencia de que su matrimonio anterior, irreparablemente destruido, nunca había sido válido; 2) con aquellos que fueron abandonados muy prematuramente o injustamente por su pareja y que no pueden soportar la soledad; 3) con aquellos cuya comunidad de vida está irremediablemente rota, pues la otra parte de la pareja ha contraído un nuevo matrimonio; 4) con aquellos que no pueden cumplir la obligación de la separación (por motivos serios como la educación de los hijos); 5) con aquellos que padecen la infidelidad, etc.

Conclusión

Estas ocho situaciones pasadas reflejan una belleza de lo real, lo imperfecto, lo limitado de las familias en nuestra sociedad. Realidad que exige plena misericordia, al estilo de Jesús. Misericordia que conlleva reconocer y alentar enormes valores evangélicos en muchas de estas situaciones. La familia cristiana no es una imagen idealista que alcanzan unos pocos privilegiados. La familia cristiana es la que camina desde su situación hacia la construcción de un Reino de amor, justicia y verdad en el seguimiento de Cristo.

Los cristianos estamos llamados a descubrir a Cristo en estas realidades. Recordemos las palabras del Papa Francisco: A los alejados y excluidos hay que prestarles nuestra voz en sus causas, pero también hemos de ser sus amigos, hemos de escucharlos y recoger la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos... Pues el verdadero amor siempre es contemplativo, y nos permite servir al otro no por vanidad, sino por pura misericordia (cfr. EG 198).

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