AYUDAMOS A EMIGRANTES

¿Alguna vez has estado fuera de tu casa, de tu lugar natal, en donde no conoces a nadie porque no es tu patria? ¡Cómo quisieras que alguien te abriera las puertas de su casa! Sin embargo, debido a los altos índices de inseguridad, actualmente es muy difícil que a un extraño se le acoja, especialmente si es extranjero. De hecho, los inmigrantes forman uno de los grupos más vulnerables, pues muchos de ellos son indocumentados y no pueden exigir derechos.

No obstante, en la antigüedad la hospitalidad gozaba de gran estima.

En la Sagrada Escritura tenemos como ejemplos a Abraham, el patriarca que atendió a tres forasteros

(cfr. Gn 18, 1-10), y a Job (cf.Jb 31, 31-32). El Señor mismo pidió tratar con misericordia al forastero, de la misma manera como los israelitas fueron tratados por Él: «No hagan sufrir al extranjero que viva entre ustedes. Trátenlo como a uno de ustedes; ámenlo, pues es como ustedes. Además, también ustedes fueron extranjeros en Egipto. Yo soy el Señor su Dios» (Lv 19,33-34). De hecho, el amor al extranjero se convirtió en un imperativo para el pueblo de Israel (cf.dt 10,18-19).

Jesús mismo vivió el drama de no ser acogido por nadie cuando vino al mundo (cf.lc 2, 7). El Señor

tuvo en alta estima los buenos tratos hacia los  huéspedes (cf. Lc 7,44-46); por algo ha querido ser compadecido en quien no tiene techo (cf. Mt 25, 35). También la Carta a los Hebreos habla de la amabilidad con que deben ser tratados los que lleguen a nuestras casas (cf. Heb 13, 2); Y san Pablo pide a los cristianos practicar la hospitalidad como una muestra de amor fraterno (cf. Ro 12, 9,13). También, hace algunos meses, el papa Francisco pidió a las parroquias, conventos y monasterios católicos europeos que acogieran una familia de refugiados. Aquí en México tenemos también nuestros propios desplazados ... ¿Hemos hecho algo por ellos?

El sentirnos consolados en la tristeza es una de nuestras más grandes necesidades como seres humanos. ¿Quién no quiere recibir unas palabras de aliento precisamente en los  momentos más difíciles de su vida, como el dolor, la enfermedad o el luto? Sin embargo, no siempre se encuentra el consuelo necesario. Por ejemplo,

Job experimentó el desconsuelo con la visita de sus amigos (cf. Jb 16, 2). A veces pareciera que el mismo Dios abandona a quien sufre en medio de su dolor (cf. Sal 22, 1; s 54, 14; Mt 27, 46). Pero eso no es así, pues Él tiene compasión por su pueblo (cf. Is 54, 15) en grado insospechable: «Como una madre consuela a su hijo, así los consolaré yo a ustedes ... » (Is 66, 13).

El mismo Hijo de Dios ha sido enviado por su Padre para consolar (cf. Lc 4, 18-19) Y hacer descansar a quien está agobiado (cf. Mt 11, 28ss). Tanto Jesús como el Espíritu Santo son los Consoladores por excelencia (cf. Jn 14, 16). San Pablo experimentó, también, el consuelo de Dios Padre (cf. 2CO 1, 3-4). Por eso, el consuelo es una auténtica experiencia divina (cf. Ro 15, 5; 2co 7, 6) Y es Dios mismo quien pide consolar a los demás (cf. Is 40, 1) con el consuelo con que se es consolado (cf. 2co 1, 4-6). ¡Increíble!: El modo cristiano de consolar brota de la desolación misma cuando ésta se une al sufrimiento de Cristo. Por eso, solamente puede reanimar a otros quien ha pasado, a su vez, por el sufrimiento.

¡Qué importante resulta el consuelo, especialmente en este mundo triste! Según la OMS, más de 800 mil personas se suicidan cada año, la mayor parte de las cuales estaban en depresión. He aquí un gran reto para que los cristianos hagamos realidad el mensaje del Evangelio: «Bienaventurados los que sufren, porque serán consolados» (Mt 5, 4). Si la tristeza mata, entonces la evangelización es su mayor antídoto, pues «la alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús» (EG, 1).

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