SI NO HEMOS APRENDIDO A SER LIBRES, MENOS A SER FELICES
Todavía en muchos las imágenes que evoca en septiembre la palabra independencia son de "honores", desfiles y alguna desgastada poesía, el "grito" al que se le agrega alguna frase del momento (el presidente Luis Echeverría un 15 de septiembre dijo: "¡Viva el Tercer Mundo!”) y al que también, desde luego, se le han cortado los de "¡Viva la Virgen de Guadalupe!" y "¡Viva Fernando VII!”; que parece que estaban en el original.
No obstante, más allá de los modos antiguos o nuevos de conmemorar, conviene reflexionar sobre lo que tanto desde la historia como desde el presente pueden querer decir hechos, anhelos, realizaciones y frustraciones de un pueblo como el mexicano, en el que Su Santidad, el Papa Francisco, dijo haber encontrado "tanta esperanza en medio de tanto sufrimiento".
Transportémonos, pues, a los años que los historiadores han llamado "la última Nueva España", tiempo en que se sintieron en la piel y en el corazón de los habitantes de México agravios, es decir, ofensas en la honra propia ganada en siglos de trabajo y fidelidad. En 1767 fueron expulsados de nuestro territorio los jesuitas, hecho que desamparó a la mejor juventud del país que se formaba en Colegios de calidad, y que descuidó a comunidades indígenas de las regiones más inhóspitas: las sierras de la Pimería, la Tarahumara, el Nayar y las llanuras de Sonora y Baja California. Esa acción puso al descubierto una línea política "moderna" que reproducía en España el modelo absolutista francés, el de la consigna:
"El Estado soy yo", atribuida a Luis XIV, que no consentía opiniones divergentes ni grados de autoridad. La "pragmática sanción" del monarca español Carlos III que desterraba a los Padres y Hermanos de la Compañía "por razones que me guardo en mi real pecho", era muy clara en su amenaza: "Recuerden los súbditos del Rey que no nacieron para discutir sino para obedecer las órdenes". La llegada de funcionarios que habían comprado los puestos y que por consiguiente buscaban recuperar rápidamente lo gastado, hizo a un lado a generaciones de funcionarios que, si bien no eran precisamente modelos de honestidad, estaban arraigados en la sociedad local.
Una pesada ocupación militar del territorio hacía más difícil los brotes de descontento y la manera como se reprimieron las protestas por la expulsión de los jesuitas, mostraron que el contenido de la "pragmática" iba en serio.
Esos agravios contribuyeron a que se formara en un pueblo que había vivido en relativa tranquilidad, la conciencia de la dependencia y casi esclavitud en que se vivía, y consolidaron la idea de la necesidad de superar la situación.
En este ambiente fue primordial el avance en la percepción de que la Nación mexicana y su Iglesia tenían una Reina y que su soberanía era superior a la de cualquier monarca de esta tierra.
La Virgen de Guadalupe, su imagen, el relato de su ternura materna y su liderazgo protector, acompañaron esta conciencia de nación favorecida. Por ello no fue casual su oficio de estandarte pionero del movimiento de 1810 o que Morelos hubiera impreso en su bandera las letras: N.F.T.O.N. (Non fecit taliter omni nationi), es decir: "No hizo igual con ninguna nación", en referencia al milagro guadalupano.
Aunque estamos acostumbrados a usar el término independencia, y a pensar en una guerra larga y dolorosa, los primeros planes fueron constructivos: hablaron de que los pueblos hispanoamericanos habían llegado a su mayoría de edad y que, al modo de los hijos de una familia o de esclavos que acumulan méritos, era ya la hora de la emancipación, de seguir una ruta propia, al modo del hijo que se emancipa de su padre o el esclavo de su amo.
Emancipación significa libertad, no hay duda. Y libertad es, desde luego, responsabilidad. San Pablo la describió de manera excelente: "Para ser libres nos ha liberado Cristo.
Por eso manténganse firmes y no permitan de nuevo el yugo de la esclavitud" (Gálatas 5,1). José María Morelos y Pavón lo subrayó en sus "Sentimientos de la Nación", vislumbrando la comunidad nacional como un conjunto armónico de derechos y deberes.
Su nobleza y altura de miras no fueron comprendidas y los mexicanos de entonces se enfrascaron en un baño de rencillas, odios y sangre.
La limpieza de los deseos de los próceres: Hidalgo, Morelos, Matamoros, Allende, Aldama... no fue respetada ni siquiera por la jerarquía de la Iglesia de entonces, demasiado atada al poder.
Por eso, cuando después de mucho dolor se llegó a la paz, el paladín que encabezó la entrada triunfal a la capital mexicana en septiembre de 1821, Agustín de Iturbide, dijo el discurso más breve de nuestra historia: "¡Mexicanos! Ya sabéis el modo de ser libres; ahora nos toca aprender a ser felices".
Conviene preguntarnos a casi doscientos años de distancia: "¿Ya aprendimos a ser felices?"
P. Manuel Olimón Nolasco