EL RESQUEBRAJAMIENTO DE LA INSTITUCIÓN FAMILIAR, PROVOCA LA DEGRADACIÓN DE LA SOCIEDAD

Todo mundo añora algo mejor para su vida, no sólo a nivel personal, sino también a nivel social, porque aun cuando alguien estuviera «bien», un violento o caótico ámbito social suscitaría temores y conduciría, tarde o temprano, a la descomposición personal. La sociedad necesita que los miembros que la componen se desarrollen y maduren normalmente. Sólo así podrá hablarse de «estabilidad social». Pero, si sus componentes no están bien, será ilusorio pensar en un auténtico progreso.

Que se debe trabajar para que las instituciones estén mejor, sin duda. El ámbito político no está bien, pero tampoco el magisterial, ni el industrial, ni el religioso... Todos necesitan transformarse para mejorar, unos más que otros. Sin embargo, en ninguna de estas instituciones o sectores de la sociedad se pueden lograr cambios profundos cuando cada miembro que las compone sufre arraigadas carencias o ha asumido antivalores en su forma de vivir. Es decir, mientras no se promueva y se cuide la célula más importante de la sociedad: la familia, no habrá desarrollo social. Todo empieza ahí.

Las virtudes o los vicios se forjan en casa. No son las escuelas las que hacen a los hombres y a las mujeres verdaderamente grandes, sino los hogares. Es en el hogar donde empieza todo y ahí debe volver todo. La base de una sociedad fuerte está en sus familias. Los buenos y malos políticos, los buenos y malos empresarios, los buenos y malos religiosos, ahí se gestan. Todo empieza en una familia. Cuando la persona llega a insertarse en una institución, ejerce ahí lo aprendido en el hogar. Con el tiempo crece y se desarrolla lo que del hogar se trae, sea positivo o negativo.

Siendo así, no se puede ver la institución familiar como «una más» en la sociedad. Ante el resquebrajamiento de este pilar social, que pretende ser modificado por variantes absurdas, el cristiano no se puede contentar con observar sin intervenir. Es cierto que el Estado es la primera instancia que debe tutelar a la familia, pero no es el único que debe ocuparse de ello. Hay otras instituciones que también tienen esta tarea y casi de forma directa, como son la Iglesia y las instituciones educativas. No se trata de estar «a la moda» respecto a la institución familiar, pues las modas son tan cambiantes como los hombres y los tiempos. A la larga, esto sólo se convierte en un problema más.

La Iglesia, muestra su preocupación -y se ocupa- por esta sociedad, buscando formas y métodos que la mantengan en alto, pues si la familia no genera personas verdaderamente humanas, el futuro no puede ser más que ensombrecedor. Si en la familia no se cuidan los valores, es difícil que se haga en otra parte, incluyendo los valores religiosos. Si no es en la familia y desde la familia donde se dé un encuentro con Dios, el ser ateo seguirá de moda, lo cual conlleva a una vida sin sentido, que deja al hombre vacío.

La Iglesia no apoya a la familia porque tenga un interés egoísta en ello, o porque pretenda imponer cualidades que le convengan como institución, lo que busca es el bien común. Desea ayudar a formar familias felices, realmente humanas, donde la alegría no sea producto de los bienes adquiridos, sino, sobre todo, del mismo hecho de vivir como una familia. Es así como en la Exhortación Apostólica Amoris Laetitia, del papa Francisco, se presenta el fruto de reflexiones sopesadas  a través del tiempo y a partir de experiencias adquiridas en todo el mundo. La finalidad: consolidar a la institución más importante de todas, la familia. Institución en la que se debe aprender a amar, pues donde se ama no se agrede ni se busca sólo el bien personal, sino que se procura el bienestar del prójimo. Donde se ama, hay alegría.

Tanto ama Dios a la familia que Él mismo no se quiso privar de tener una. Jesucristo nació y creció en el seno de una familia. Así, el hombre tiene un modelo de familia, que es más fácil de seguir: La Sagrada Familia. Dios quiere que cada familia sea un hogar donde viva Jesús. Buscar modelos monosexuales de «familia» o con características que estén «a la moda», lo único que provocará es continuar con el resquebrajamiento de la institución familiar y, con ello, la degradación de la sociedad. No hay intento de progreso que pueda lograr sus metas sin trabajar por la conformación de auténticas familias, sostenidas en la fe y en el amor.

P. Demetrio Vargas Gómez, MSP

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