¿ESTAMOS EN EL CAMINO CORRECTO?

Echando un vistazo a la vida de los profetas del Antiguo Testamento se puede notar cómo éstos eran miembros del mismo pueblo al que le hablaban, eran hermanos de los gobernantes a los que acusaban o de aquellos a quienes les pedían un cambio en sus estrategias y comportamientos. A pesar de esta cercanía, los profetas eran constantemente ignorados y, en el peor de los casos, fueron asesinados de forma brutal.

La causa de fondo siempre fue la misma: ofender intereses personales de quienes se sentían poderosos o dueños de la verdad. Y es que los seres humanos, henchidos de orgullo, no toleran la verdad de su mal comportamiento. Esto, porque la mayoría, al actuar, cree que lo que hace es lo mejor. Hoy en día, en los diferentes ambientes, se siguen defendiendo los postulados subjetivos como si se tratara de una verdad absoluta. Y aunque muchos hemos visto y sufrido las consecuencias de ello, la lección no se aprende. Se siguen defendiendo argumentos dañinos y deformantes de la sociedad.

Así, se promueven ideologías «a costa de lo que sea» y son tratados como enemigos quienes se opongan a ellas, aunque éstos últimos tengan razones evidentes. Se consideran derechos inalienables los de cada quien, aunque esto ofenda o transgreda los derechos de otros. Incluso, se llega a solicitar la protección de una ley para que sus ideas prevalezcan por encima de la razón y de la verdad, violentando a las mayorías, aunque éstas últimas estén «fundadas en la roca» y aquéllas «sobre la arena».

El resultado no puede ser otro que un mundo de egoístas viviendo en «junglas de asfalto» donde la «ley del más fuerte» se impone sobre los demás. Es tan fuerte el espíritu de, división que impera hoy que ningún ámbito de la vida humana escapa de él. Las sociedades políticas y religiosas son los mejores campos para este desorden. Se pide un «espíritu de unidad», pero sólo para proteger las propias ideas, rechazando las que se consideren inútiles o inferiores. Esto impide el crecimiento. El verdadero Espíritu, el Espíritu Santo, es el que nos hace falta en todas partes, es un Espíritu unificador que debe ser es- cuchado y no manipulado.

De Él hay que aprender y no hay que enseñarle lo que debe decir o inspirar a otros. Ese Espíritu sigue hablando por medio de los profetas de hoy, pero al igual que en el Antiguo Testamento, éstos son rechazados o se les somete a la indiferencia, ignorando su mensaje. Se prefiere acomodarse y no escuchar a esas voces que nos indican las consecuencias de nuestro actuar. Son voces que nos recuerdan cuál es el camino que hay que seguir, y dónde hay que emplear mayor fuerza y atención.

Dios ha grabado en los corazones de los hombres su ley para no tener pretexto a la hora  de actuar, pero hay mucho miedo a entrar en uno mismo para ver lo que Dios ha escrito y que coincide en todos los hombres. Se prefiere seguir buscando otras cosas que no nos obliguen a hacer el bien.

Esto porque hacer el bien «no es negocio» y, en este ambiente materialista que hemos creado, nos olvidamos de que el destino del hombre no es esta vida terrena. Necesitamos buscar soluciones en las que todos ganemos y no sólo la ganancia de pequeños grupos de gente pudiente en detrimento de las mayorías. ¿Qué acaso no se defiende «que todos los hombres tenemos los mismos derechos»?, ¿por qué entonces, sólo se ve el interés de unos cuantos? Si la pluralidad de ideas no nos enriquece a todos, entonces provienen de un espíritu de división, lo cual es diabólico; pero si la diversidad de ideas nos enriquece, entonces estamos en el camino correcto, el marcado por el Espíritu Santo.

Pero lo que se ve no se juzga: ¿a quién queremos engañar cuando imponemos nuestras ideas aún con la fuerza y éstas no benefician a todos? No se trata de hacer caso a una religión o de estar en contra de otra, pues el que hace el bien está siempre en una buena relación con todos. Nuestro México, bendecido por Dios en la unidad de una sola fe en la que la diversidad de ideas convergía en el beneficio de todos, hoy se ve amenazado por los propulso- res de la división, que provocan el crecimiento desmedido del odio.

Si no actuamos ahora, es fácil predecir lo que nos espera. No es difícil saber cuáles son las consecuencias del odio crecido a grandes escalas. Por eso, es mejor la misericordia y el trabajo común para contrarrestar el odio. Cada quien, en su campo, sabe qué hacer. No hay pretextos que valgan.

P. Demetrio Vargas Gómez, MSP

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