EDITORIAL
EDITORIAL
Por más que los funcionarios del gobierno traten de tapar el sol con un dedo, jamás lo conseguirán mientras tengamos los ciudadanos, hasta de sobra, de donde escoger las señales que afloran brutalmente, aunque uno no quiera. Me refiero precisamente a las mil veces negada ingobernabilidad; téngalo por seguro que si ésta no existiera, tampoco existiría la impunidad, la corrupción, la violencia, la pobreza y el total desmadre en todos los órdenes de la vida nacional. Inclusive, fuera otra la actitud de Mr. Trump acerca de México si la fragilidad de nuestras instituciones fuera menos descarnada.
Basta adentrarse virtualmente al interior de la Presidencia de la República y si aún con ello no nos convencemos, entonces continuemos nuestro recorrido por todas las otras dependencias del gobierno, desde luego sin omitir las 32 entidades para finalizar en las casi 2,500 municipalidades del país y, lamentablemente y para regocijo del señor Trump, en cada rincón nos encontraremos con un estercolero o herradero con el agravante de que por ningún lado se atisba que se vaya a mejorar en los próximos meses. Sin embargo, abrigamos la esperanza de que con el cambio de mentalidad de los mexicanos, derivado de los ataques del frustrado casinero, ahora convertido en el hombre más poderoso del orbe y, con los nuevos hombres al frente de la administración pública a partir del 1 de diciembre de 2018, empecemos a vislumbrar un nuevo amanecer.
Cabe mencionar que, inexplicablemente y sin darnos cuenta a cabalidad, a través de los años nuestra sociedad vino cayendo en la más loca anarquía y ahora, la mera neta, no sabemos cómo tomar los causes de la cordura y el concierto de las cosas y, lo preocupante es que el gobierno y las autoridades de él derivadas se encuentran igual o peor que el resto de la gente.
En esta confusión ¿qué podemos esperar?: conformarnos y hacernos de la vista gorda, o, abrir muy bien nuestros ojos y palpar nuestra realidad; inconformarnos con ella e iniciar nuestra lucha vigorosa cada persona y, no descansar hasta que hayamos conseguido poner un poco de orden en la distribución de todos los recursos; en el respeto de las disposiciones al conducir, al estacionarnos, a respetar a toda persona, sin distingo alguno y, preferentemente a los de a pie.
Denunciar a los cafres que sobre sus unidades más bien parecen changos brincoteando entre la jungla que choferes de líneas urbanas, como si en lugar de seres humanos transportaran a otros changos. ¿No cree usted?