LA SOLUCIÓN DEBEMOS BUSCARLA TODOS, NO ES TAREA DE ALGUNOS
Todo mundo se queja de la violencia creciente por todas partes. Lamentablemente, lo que Hobbes decía del hombre, que «es un lobo para el hombre», parece quedarse corto.
Las pocas soluciones que se buscan, parecen carentes de seriedad, de un sincero deseo de cambiar la realidad.
Por ejemplo, los gobiernos proponen más cárceles o más policías. Incluso, corrompen la función de los ejércitos para ponerlos detrás de los delincuentes que extreman la violencia.
Todos parecen muy preocupados en acabar con la violencia, pero lo único que vemos es que la violencia aumenta, desafiándolo todo.
Pero, nadie, en su sano juicio, cuando encuentra una mala hierba la poda para deshacerse de ella, sino que busca cómo arrancarla de raíz. ¿Dónde están las raíces de la violencia? ¿Cómo se pueden arrancar para que no retoñen cada vez con mayor fuerza?
En la ciudad de México, seis de cada diez familias sufren de violencia intrafamiliar. No se especifica de qué grado sea, pero no hay violencia «pequeña», pues toda violencia genera resentimientos que tarde o temprano crean más violencia.
Se debe trabajar más para propiciar la unión familiar y no lo que las divide, como los antivalores promovidos en la sociedad actual.
Incluso, se realizan campañas «para ayudar a la familia», pero que en realidad fomentan la división, manipulando las conciencias con ciertas ideologías que van en contra de la verdad y del bien.
Es tal el «envenenamiento» de las mentes, que no es raro encontrar adolescentes que se convierten en enemigos de sus padres y le hacen la guerra a todo lo que los une a ellos. Además, con el pretexto de la laicidad mal comprendida, porque ha sido mal enseñada, vivimos una auténtica «guerra anticlerical».
Es verdad que ministros de culto han colaborado a hacer parecer que se trata de una «guerra justa». Pero lo cierto es que esos ministros son generalmente víctimas y victimarios de la violencia. Pero sus faltas no pueden ser consideradas la causa de todos los males ni pretexto para decir que lo que la Iglesia enseña se debe dejar de creer.
La solución debemos buscarla todos, no es tarea de algunos. Y menos se trata de algo que sólo deben solucionar los políticos, pues ellos violentan también -y demasiado-, el derecho de aquellos a quienes dicen servir.
Ellos, muchas veces, se quedan con muchos de los recursos que administran y pasan de «servidores públicos» a presidiarios o prófugos de la justicia por violentar la confianza de la gente.
En concreto, es tiempo de «sacar de raíz» los antivalores que se enseñan en la sociedad y de dejar de manipular las conciencias, encaminándolas hacia el mal.
Hace falta aprender a respetar a todos, a preocuparse por todos, a defender la familia y su unión. Para ello es necesario aprender de la fuente que Dios mismo puso para ello: su Palabra.
Vivimos en un país que se considera «predominantemente cristiano», aun- que, en realidad, no se vive como cristianos. Es, en muchos casos, un anticristianismo práctico.
Por eso se deja que en las escuelas se divida a las familias promoviendo ideologías dañinas que sólo generan mayores crisis de identidad y un sin- sentido terrible.
Todas estas pseudo- enseñanzas nunca serán comparables con lo que Jesús, el Hijo de Dios, nos ha legado, pues éstas últimas llevan al hombre a su plena realización.
No se trata de buscar el «imperio de una religión», sino de hacer caso a las enseñanzas de Jesucristo. No se trata de «someterse a una religión», sino a Dios.
Las familias que tienen al Señor consigo tienen la fuerza necesaria para hacer frente a las diferentes problemáticas del mundo de hoy y se convierten en pilares fuertes para muchos más.
Por eso, hace falta que todas las familias tengan como centro a Dios, porque ahí donde esté Él, se aprende el valor del perdón, de la confianza, de la ayuda mutua, y se evita el odio, el rencor, el egoísmo que genera violencia, permitiendo así el progreso de la sociedad.
Invitemos hoy al Señor a estar al frente de nuestras familias y sociedad.
P. Demetrio Vargas Gómez, MSP