LA FAMILIA CONSTRUCTORA DE LA PAZ
LA FAMILIA CONSTRUCTORA DE LA PAZ
Ante los lamentables acontecimientos del mes de Abril respecto al bombardeo de Siria por parte de Estados Unidos, las redes sociales, los periódicos y los noticieros se conmocionaron y proclamaron de diversas formas su deseo de paz. Pero no bastan éstas buenas intenciones. Hoy, más que nunca, urgen acciones que vayan a la raíz del problema y que se deje de pretender solucionarlo “andando por las ramas”, es decir, atacando los síntomas.
Si realmente se quiere la paz del mundo, se debe trabajar e invertir tiempo, esfuerzo, educación y recursos económicos para res-catar y for-talecer a la familia. La paz del mundo tan deseada es la suma de la paz en cada familia. Y la familia tendrá armonía cuando aprenda a amarse y respetarse a la luz del proyecto divino: “ya no son dos sino uno solo” (cf. Gn 2, 24; Mt19,5); “esposos amad a sus mujeres..., y la mujer que respete al marido” (cf. Ef 5, 21-33): “hijos, obedezcan a sus padres” (Ef 6, 1).
Por tanto, es ridículo pensar que con mayor cantidad de armamento y una buena estrategia miliar se recuperará la paz. Al contrario, de seguir así, la única “paz” que se encontrará será la de los sepulcros. Por eso, hay que empezar a construir la paz, educando a las familias, pues es éste el lugar donde cada niño aprende, poco a poco modos de pensar y de comportarse a partir de los que se ve y escucha de sus padres. Si los pequeño llegan a manifestar actos de odio, rencor y violencia, es porque han recibido un influjo negativo en sus hogares. Si, por el contrario, los padres viven y trasmiten los valores del Evangelio (amor, respeto, generosidad, perdón, justicia), los hijos cuentan con un ejemplo maravilloso para introducirse en la sociedad desde actitudes pacíficas.
Por lo mismo, la familia es una pieza clave para la paz. Ya en el mensaje para Jornada Mundial de la Paz del año 2008, el entonces papa Benedicto XVI explicaba cómo la familia ayuda a experimentar “algunos elementos esenciales de la paz: la justicia y el amor entre hermanos y hermanas, la función de la autoridad manifestada por los padres, el servicio afectuoso a los miembros más débiles, porque son pequeños, ancianos o están enfermos, la ayuda mutua en las necesidades de la vida, las disponibilidad para acoger al otro y, si fuera necesario, para perdonarlo”.
Toda sociedad que agrede a los más débiles -bebés en el vientre de su madre, ancianos, pobres y desvalidos-, manifiesta su irracionalidad, retroceso, cobardía e intolerancia. Una de las principales causas de la violencia consiste precisamente en la actitud de quienes buscan imponerse sobre otros. Por lo mismo, educar en familia a ayudar al necesitado, cuidando con caridad a los enfermos, respetando no solo a los mayores, sino también a los jóvenes y a los niños; dando nuestro tiempo al que necesita ser escuchado, generará un camino concreto para sembrar actitudes de paz entre los hijos.
Es tiempo, pues de vencer las estructuras del pecado en las que vivimos, construyendo estructura de gracia: rezar el rosario en familia; meditar juntos la palabra de Dios; frecuentar los sacramentos, especialmente la Eucaristía; practicar las obras de misericordia... Lleva a construir relaciones sociales positivas.
Para que haya un cambio real, se debe tener en cuenta que este no se dará en poco tiempo, pues la “raíz” familiar ha sido muy atacada. Pero cada familia puede tomar conciencia de dónde estamos y buscar caminos concretos para convertirse en instrumentos que fomenten la paz. Realmente, la acción serena y profunda de familias que trabajan por la paz desde los valores del Evangelio, puede llegar a incluir de modo profundo en cambios sociales ya desde ahora y a largo plazo. Dios nos llama hoy a ser constructores de la paz.
Gloria Rodríguez Caballero, HMSP