LA MONTAÑA Y EL PAJARITO
La muerte es lo único que tenemos seguro desde el primer momento en que nacemos, pende como la espada de Damocles sobre la cabeza de todo individuo. Nadie debe existir y que ignore que la vida dura lo que dura una flor de cempasúchil, frecuentemente mucho menos, entonces, no me cuadra que presenciando el fenómeno llamado muerte existan aún, en pleno siglo XXI muchísima gente que viva con la mentalidad equivocada de que el ser humano nació para jamás desaparecer de la faz de la tierra; todo lo contrario: en cualquier momento y por numerosos motivos se manifiesta la crudeza de lo efímero de la existencia humana.
Ahora bien, si entre los miembros de la familia se cuentan personas de edad avanzada y, de acuerdo a la experiencia, éstas son las que se van primero (no siempre) y con frecuencia teniendo tal idea como cierta, muchas hijas e hijos sin distingo de edades, se niegan a pensar que en cualquier momento puede faltarles uno los padres y, si éstos lograron ejercer alguna influencia, o quizá, lo que sería peor, una total o parcial dependencia el temor de que les llegue a faltar se traduce en angustia por la incertidumbre que empezaran a vivir sin la figura del padre o de la madre.
Dios es el único creador de la vida y, desde luego, dueño absoluto de la muerte: esta es la verdad digan lo que digan los que crean en otras ideas. Estamos totalmente conscientes de que somos creación de su inescrutable voluntad y de sus manos divinas. Él es nuestro papito, nosotros somos sus hijos predilectos: si tuviéramos el acierto de sentirlo así, fuéramos capaces de tratarlo con la misma sencillez del niño que le habla a sus papás para pedirles todo lo que el chico sabe que ellos son los únicos que pueden darle; qué diferencia tan grande experimentaríamos si los que presumimos de cristianos gozáramos de la mentalidad de los menores: No existiría ningún temor de cara a la muerte: nuestro mayor deseo seria ir a gozar cuanto antes de la beatitud de nuestro papito que con infinita ternura nos espera para gozar, lo que se dice gozar, por toda la eternidad. ¿Por qué no hacemos la prueba?
Con respecto a la eternidad, tengo una idea que me parece adecuada compartirla: Imaginemos estar al pie de una excepcional montaña tan alta que, para que el sol logre traspasarla se necesita de un año; en esta montaña llega un pajarito cada mil años a limpiar su piquito, cuando esta montaña y el pajarito logre desaparecerla habrá empezado la eternidad. Creo, sinceramente que, el pajarito y la montaña nos explican de alguna manera lo que puede ser la eternidad.
Pongamos toda nuestra esperanza y confianza en nuestro PAPITO que tanto nos ama y que su mayor deseo es que le escuchemos y sus palabras las pongamos en práctica en todo momento y en cualquier terreno: esto es todo, para vivir sin temores, sin miedo a ninguna calamidad global o local; a la inseguridad imperante en nuestra aguantadora patria: “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿quién podrá hacerme temblar? Lo único que busco es vivir siempre en la casa del señor”.
Dr. Arturo Aguilar