¿POR QUE NO ESCUCHAMOS LOS LLAMADOS A LA UNIDAD NACIONAL?

Escuchar los llamados a la unidad nacional —aquí y en China—  es una moneda de uso corriente en los discursos políticos. En coyunturas en las que vivimos, se nos ha dicho tantas veces que cada día sabemos menos que es lo que se quiere decir con tal exhortación.

¿Cuáles son las condiciones necesarias y suficientes para que una sociedad o un país estén unidos? ¿Qué tipo de unidad se puede esperar de un conjunto de individuos relacionados entre sí por un territorio, una cultura o una raza? En fin, todos deseamos que tal unidad no sea simplemente la complacencia pasiva de un pueblo sin ninguna clase de compromiso con su comunidad.

¿Cómo alcanzar esa unidad que nos reclaman los discursos? Podríamos lanzar una respuesta tan trillada como la exhortación anterior, aunque no por ello menos verdadera: el diálogo. El recurso con el que Platón puso las bases del mundo occidental, ha sido tan manoseado que es difícil saber qué es lo que nos ha quedado de él. Sin embargo, a pesar de que el llamado a la unidad nacional y al diálogo parecen haber perdido su eficacia en el mundo práctico, no nos queda más que esforzarnos por volverlos a dotar de sentido en la esfera de lo público.

No se ha inventado nada mejor. A pesar de lo que se anuncia en las portadas de algunos libros, no hay un método exacto que garantice un diálogo fecundo y exitoso en todos y cada uno de los casos. ¿Por qué? La razón es un tanto obvia. Para que haya un diálogo real se necesitan dos personas con ganas de comunicarse. De nada sirve   que una de las partes utilice métodos ultra sofisticados de comunicación, si la otra no quiere escuchar.

La manipulación, esa sí que funciona de otro modo.

Aquí tenemos aquí un dato revelador. El diálogo que llega a ser realmente fecundo es el que hace coincidir la voluntad de las dos partes. Es decir, para comunicarse, lo primero que se necesita es querer hacerlo. Pensemos un momento en lo diferente que es una conversación en la que las dos partes están abiertas a la verdad y otra en la que una intenta imponerse a la otra por la fuerza y a como dé lugar. Si trasladamos nuestra experiencia cotidiana a la escala social, encontraremos el mismo escenario. No habrá diálogo real, mientras las partes involucradas no estén interesadas en comunicarse y esteremos de acuerdo en que la anhelada unidad nacional, la que nos haría un país con mejor capacidad de respuesta frente a la crisis, solo llegara por ese camino. El diálogo público reclama, en efecto la participación de los gobernantes, los partidos, los analistas, pero también la de los ciudadanos comunes y corrientes. No es fácil decir que es peor, si el político que engaña el ciudadano que se deja engañar.

La voluntad de diálogo exige en algunos casos no mentir, en otros no hablar de más, pero en otros casos exige simplemente hablar.

Alberto Ross

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