ESTA SEGUNDA DÉCADA NOS PONE ANTE RETOS NUEVOS E INAPLAZABLES
La segunda década de este milenio nos está poniendo ante retos nuevos e inaplazables, como lo son el cambio climático la necesidad de un desarrollo sustentable. También preocupan los cambios demográficos: no es raro que los medios de comunicación nos hablen del envejecimiento de la población mundial, no siendo México la excepción.
De acuerdo con datos del Consejo Nacional de Población (Conapo), se estima que para el 2030 la población de adultos mayores de 65 años crecerá a un ritmo casi ocho veces mayor que la población general de esta forma se prevé que, para el 2050, el 25% de la población mexicana tendrá 65 años o más. Esto requerirá de cambios en las políticas públicas de salud y asistencia social, pero ante todo una revaloración y cambio de actitudes hacia la vejez.
Lamentablemente vemos que este sector de la población -al que muy probablemente perteneceremos también- está siendo objeto de discriminación en cuestión de oportunidades y servidos de asistencia social, médica y laboral, y también de un creciente maltrato en el seno de su propia familia.
Tradicionalmente las familias mexicanas se han distinguido por ser núcleos incluyentes en los que conviven y crecen diferentes generaciones, pero, desafortunadamente, se están convirtiendo en espacios hostiles para los miembros más vulnerables, entre los que están los ancianos.
Es un hecho que la dinámica familiar se ve impactada tanto por el crecimiento de los hijos como por el envejecimiento de los padres.
Y es que envejecer no es fácil, ni para la persona que enfrenta el deterioro de su salud, facultades y capacidad de autosuficiencia, ni para los hijos de estas personas, que tienen que modificar sus actividades para poder atender las necesidades de los padres ancianos.
Y es en este punto donde los católicos debemos hacer un alto para reflexionar y poder responder desde las enseñanzas evangélicas brindando en el hogar un apoyo solidario y amoroso a nuestros ancianos. Es importante que allá donde hay un anciano se acepte esta realidad y se asuma la responsabilidad por parte de todos. Que en la familia los hijos y los nietos tengan una actitud solidaria y generosa para asistir y acompañar a la persona mayor.
Debemos ser conscientes de que un anciano tiene necesidades diferentes a los de los otros miembros de la familia, pues seguramente requiere que se le ayude en su cuidado físico, sus medicamentos, su necesidad de movilizarse dentro y fuera de la casa. Es fundamental tener presente la dignidad que tienen nuestros abuelos, su necesidad de amor, respeto y reconocimiento. No pueden ser vistos y tratados como «muebles viejos» que se arrinconan.
Nuestros abuelos son un tesoro, ricos en experiencia y sabiduria; son maestros en la ciencia de la vida, la cual se adquiere sólo con los años en los que se afrontaron retos, alegrías, sufrimientos, logros y fracasos. Son un tesoro porque ellos han podido dar un significado renovado a cada etapa de su ya larga vida, y así deben ser reconocidos y tratados, empezando en el seno del hogar. ¡Cuánto podrían humanizarse nuestras familias y sociedades si los escucháramos!
Empecemos por ver a nuestros ancianos como una bendición de Dios, y por convivir con ellos para aprender de su ejemplo y de sus consejos. Aprendamos de nuestros ancianos, sobre todo si también nos han compartido la fe, el camino para seguir a Cristo. Aprendamos de ellos a ser modelos de congruencia y fidelidad, que por más sufrimientos y penas que se enfrenten en el camino, se mantienen firmes en la fe en Dios y en el ser humano.
<<Nuestros abuelos son un tesoro, ricos en experiencia y sabiduría; son maestros en la ciencia de la vida.>>
Lic. Adriana Servín Figueroa