AUTORIDADES Y SOCIEDAD: ¿VAMOS A SEGUIR INDIFERENTES ANTE ESTA SITUACION?
Un fenómeno que no por sabido ha sido exhaustivamente estudiado ni mucho menos prevenido es el de la explotación de niños con fines de mendicidad. Es un delito cometido principalmente por los mismos padres de los menores, quienes aduciendo pobreza extrema y necesidad de pedir dinero, utilizan todo tipo de castigo, abusos y torturas en su contra.
Este diario tuvo acceso a la única sentencia en México por el delito de mendicidad forzada, a un grupo de cuatro personas por obligar a una decena de menores, entre ellos sus hijos y sobrinos, a pedir limosna, en un esquema de esclavitud en el que eran forzados a cubrir una cuota mínima diaria. De lo contrario eran sometidos a golpes y quemaduras. Además, se comprobó que para que se vieran en estado de necesidad, los mantenían artificialmente desnutridos y los hacían adictos a solventes y sustancias para poder controlarlos mejor.
Una sentencia suena a poco, para este país, en el que los casos conocidos, o en los que se sospecha este tipo de maltrato, superan con mucho a los que han pasado por el sistema de justicia. Esta falla no es imputable sólo al Poder Judicial, sino que es de la sociedad entera: de los tres niveles de gobierno, de las instancias creadas para proteger los derechos de los infantes, pero sobre todo de la sociedad, que muchas veces tiene ante sus ojos la evidencia y prefiere voltear para otro lado y hacer como que el problema no existe.
Un menor de edad que pida limosna en la calle necesariamente lo hace forzado; contra su voluntad. Obligado, no por las circunstancias por muy desfavorables que sean, sino por quienes tienen su paternidad o custodia. En lugar de estar en una escuela, están junto con la familia tratando de ganarse unas monedas arrancadas a la caridad de la sociedad. Se puede entender que no justificar la pobreza extrema, pero no el maltrato infantil.
Hay que castigar a los abusadores, sí, y ejemplarmente. Sin embargo, el problema es aun más complejo, porque también hay que revertir las condiciones sociales y económicas que llevan a esos extremos de crueldad hacia la infancia. La educación de los padres es vital para generar incentivos de crecimiento amable para los menores, quienes a su vez tendrían mejor oportunidad de revertir sus condiciones de desventaja económica, rompiéndose el ciclo de pobreza que condena a la miseria a la siguiente generación.