PROVOCAN E INTIMIDAD PARA REPRIMIR LA VOLUNTAD DE LOS MEXICANOS
Inspirados en su ingenuidad e impericia los hombres en el poder creen que con mentiras e intimación contra la inconformidad nacional por la barbarie de Ayotzinapa, pueden desactivar la crisis social y política que los acorrala y atemoriza, pacificar los ánimos y bajar la tensión, o si persisten en la protesta amenazan con callarla con la violencia de la fuerza pública, como si vivieran o anhelaran los insensatos tiempos del autoritarismo y la represión al estilo de su correligionario priísta Gustavo Díaz Ordaz.
Apenas regresó de su inútil e insensible viaje a China y Australia, allá lejos de los reclamos de justicia por la desaparición forzada de los 43 normalistas perpetrado por el gobierno, el señor Peña Nieto lanzó con poco tacto un velado ultimátum de atacar un día de estos el descontento general de la sociedad con el uso de la fuerza del Estado, a falta de ideas y talento de sus brillantes asesores para conciliar y resolver la agitación y encono de un país que hierve como una olla de presión a punto de estallar, con soluciones y cambios reales a un sistema político en etapa terminal de descomposición: su clase política e instituciones se hallan inmersas en la corrupción, validan la impunidad, atentan contra las mayorías y manipulan la nobleza, la necesidad y la paciencia del pueblo en su insano provecho.
En su nerviosa avidez por apagar el fuego de la inconformidad nacional por el crimen de lesa humanidad, los sótanos de la política oficial desempolvan desde hace días tácticas de la guerra sucia y otras acciones criminales y de ensayada provocación, como infiltrar en las marchas pacíficas a delincuentes encapuchados para que incendien y destruyan edificios públicos y dañen negocios e inmuebles privados, para restarle apoyo social y fuerza y justificar así, con esas perversiones de alta mafia, la anunciada represión contra manifestantes que, digámoslo otra vez, sólo exigen justicia y paz, la verdad y castigo a los verdaderos autores intelectuales y …algo más.
La reacción de los hombres en el poder a los reclamos de la sociedad por que esclarezcan el crimen de Estado y regresen vivos a los 43 normalistas, ha sido siempre un rosario de torpezas, contradicciones, falsedades y simulaciones, como la ignorante y ofensiva versión del aún procurador Jesús Murillo Karam, cacique hidalguense formado en el viejo PRI e ideólogo del nuevo PRI, de que tres malandrines confesos quemaron los cuerpos de los desaparecidos, con diesel y llantas, en una enorme pira que nadie vio, ni tampoco la gigantesca humareda que durante 14 horas constantes debió, si fuera cierto su dicho, ennegrecer los cielos de Cocula, Iguala y otros municipios de Guerrero con nubes apocalípticas y olores penetrantes que hubieron de viajar por los aires muchos kilómetros junto con la humareda del tipo de una brusca exhalación de volcán. Una mentira de esta naturaleza, para ofrecer algún signo de credibilidad, exigía al funcionario allegarse la asesoría de incineradores de cadáveres en hornos crematorios para aderezar su cuento y también enterarse que aquella noche-madrugada de los días 26 y 27 de septiembre una fuerte lluvia había azotado la región, antes de embarcarse con una historia fantasiosa contada frente a los medios de comunicación, todo porque les urgía cerrar esta barbarie que involucra a los tres niveles de gobierno por comisión u omisión. Cuando la procuraduría se opuso la semana pasada a que los huesos rescatados en una bolsa a orillas de un río fueran enviados a la Universidad de Innsbruck, Austria, a propuesta de los forenses argentinos, para encontrarles identidad, quedó al descubierto para la suspicacia el escalofriante y mentiroso relato terrorífico del gobierno con que pensaba salvar la crisis social y política y, de paso, su pellejo. Allá confirmarán, al cabo de unas seis semanas, que esos restos pertenecen a otras víctimas. Parece ser que los señores del poder no saben todavía que la creciente ira y el reforzado coraje de la sociedad durante las semanas recientes y las por venir contra el Estado y sus actores, estaban contenidas por la adormecida voluntad de los mexicanos que han sufrido desde hace treinta años la interminable crisis económica y sus compañeras las crisis políticas, hasta que la brutalidad del crimen de lesa humanidad y la autoría o complicidad de los gobiernos municipal, estatal y federal, para evitar la barbarie o, después de cometida, resolverla caiga quien cayere, lanzó a las multitudes de todos los sectores de la sociedad a protestar por las calles y en los medios de difusión, a manifestarse contra un sistema que, desde tiempo inmemorial, se encuentra en manos de ineptos y corruptos reciclados al servicio de las grandes tiburones de la economía doméstica y transnacional e inclusive del crimen organizado que, según estudiosos, cogobierna o manda en más de sesenta por ciento de los municipios del país.
A cada respuesta falsa o inoportuna de los fatigados y poco confiables gobernantes, se les abre otro frente como si, diría el clásico griego, alimentaran en contra suya “un rencor tenaz y sin tregua”. A la par se les ha visto enredarse en sus propias lenguas y corruptelas con más mentiras sobre el origen de propiedades tipo La Casa Blanca de Las Lomas o las declaraciones patrimoniales del señor Peña Nieto que revelan, con su inocencia para difundirla o porque creen tontos a los mexicanos, que sus mansiones, terrenos, obras de arte, joyas y otras minucias puestas al escrutinio de la gente observadora, le fueron donados por manos generosas que gustan de deshacerse de cuantiosas fortunas como la que detenta el oriundo de Atlacomulco. Ahora se vive, por desgracia, una gran tensión social y grandes riesgos y peligros se ciernen sobre México, en especial el fantasma de la represión: si el Estado combate con la fuerza pública el descontento nacional contra el gobierno y su alta burocracia, la crisis se agudizará y entonces vendrá lo peor. Ojalá todo este escenario de injusticias y demandas, de crímenes e impunidad, de rencores y peligros, fuera un espejismo para diluirlo como la ficción que la clase gobernante quiso vender a los mexicanos y al extranjero, con publicidad costosa para el erario y barata por su frívolo contenido, acerca de que “México ya cambió” y viene lo mejor, cuando el país seguía hundiéndose bajo la batuta de aprendices de político más aficionados a los negocios con los amigos, socios y cómplices, que a gobernar con ética e inteligencia y al servicio de la comunidad, más que a sus intereses. Nunca han estado los hombres en el poder en este otoño de 2014 más lejos de la sabía definición de la Grecia clásica de que el verdadero político es aquel que se halla en posesión del arte de gobernar. O, para ser más precisos, del aforismo platónico de que el arte político consiste en saber cómo tejer adecuadamente trama y urdimbre para lograr el más armonioso y bello de los tejidos.
Toca al gobierno y sus personeros, en su cada vez más frágil posición ante la efervescencia social que grita por las calles consignas a favor de que se enderece el barco hacia destinos de certidumbre, la grave responsabilidad de que asimilen los tiempos de cambio y renuncien al monopolio del poder de unos cuantos grupos que han secuestrado la democracia y, por qué no, dejar los puestos cuyos zapatos otros con talento, vocación política y honradez, pueden calzarlos mejor.
A la vuelta del día llegarán las tres caravanas de los padres de los normalistas desaparecidos y los aires de renovación con la intensidad de las manifestaciones, como la de mañana jueves en el simbólico 20 de noviembre en la ciudad de México, con contingentes que volverán a molestar la sensibilidad de los nostálgicos del gobierno priísta autor de la matanza de Tlatelolco en 1968, e intentarán infiltrase de nuevo en la provocación a una sociedad que, después de muchos años de paciencia estoica, echó a andar su fuerza rumbo al cambio, aunque la ignorancia supina de los gobernantes tarden en digerirlo y deseen en sus cabezas huecas y autoritarias frenarla con represión.
Por ARMANDO SEPULVEDA IBARRA